Permanecía guardado en el armario, intocable, como una reliquia sagrada de una vida que ya no existía. Diego se detuvo frente a Rosa y extendió el brazo, ofreciéndole el vaso. ¿Lo puedes lavar?, preguntó con la voz todavía tímida. Rosa miró el objeto en sus manos y entendió enseguida el peso de aquel gesto.
Aquello no era solo un vaso, era confianza. Era un pedazo de su corazón siendo entregado. “Claro”, dijo, tomándolo con cuidado, como si sostuviera algo precioso. “Lo lavaré con todo mi cariño.” Diego se quedó observando mientras ella lavaba, enjuagaba y secaba. Cuando Rosa le devolvió el vaso, él lo sostuvo con fuerza y dijo bajito, “Gracias.
” Ella sonrió. “Cuando quieras, solo tráelo.” Y en ese momento, sin palabras grandiosas, sin terapias costosas, algo fundamental había cambiado. Diego había elegido confiar y eligió a la empleada de la casa del millonario para ser la primera persona en recibir esa confianza de vuelta.
Diego empezó a buscar a Rosa por la casa. No era algo planeado, no era forzado, era natural, como si hubiera descubierto que había alguien seguro en aquel mundo que se había desmoronado. Aparecía en la lavandería mientras ella separaba la ropa. Se sentaba en el suelo de la cocina mientras ella cortaba verduras. Se quedaba cerca de la ventana mientras ella limpiaba los vidrios, solo observando, sin decir nada.
Pero estar cerca ya lo era todo. Un día, Rosa estaba acomodando unos adornos de Navidad que habían caído de la repisa. Tomó un pequeño Papá Noel de cerámica y lo devolvió a su lugar, pero quedó torcido. “Creo que está borracho”, bromeó para sí misma intentando enderezarlo. Diego, que estaba sentado en la escalera, soltó una risa.
Fue baja, rápida, casi un sobresalto para él mismo, pero fue real. Rosa se volvió y vio la sonrisa todavía en su rostro. “Te reíste”, dijo ella fingiendo sorpresa. “Pensé que habías olvidado cómo se hace eso.” Diego se encogió de hombros, pero la sonrisa no desapareció del todo. “Eres graciosa”, admitió. Y en ese instante la mansión entera pareció respirar de otra manera.
Por primera vez en meses, una risa resonaba en esas paredes. Pequeña, frágil, pero viva. Las victorias llegaron despacio, una a la vez, como semillas brotando en el hielo. Diego tocó una campanita de Navidad que estaba sobre la mesa de la sala. Antes, cualquier ruido navideño lo hacía entrar en pánico, pero esta vez tomó la campana.
La agitó suavemente y escuchó el sonido sin desmoronarse. Rosa estaba cerca fingiendo acomodar los cojines, pero observándolo de reojo. “Bonita, ¿verdad?”, comentó con naturalidad. Diego asintió. “¡Sí!” Días después se detuvo frente al árbol de Navidad y se quedó mirando las luces parpadeantes, rojo, verde, dorado.
Antes desviaba la mirada, huía, escondía el rostro. Ahora podía quedarse allí quieto, simplemente mirando. Rosa pasó detrás de él cargando una cesta de ropa. “Las luces están bonitas este año”, dijo ella. Diego no respondió, pero tampoco se fue. Permaneció allí un minuto entero, respirando hondo, como si estuviera haciendo las paces con aquellas luces.
Al final de la semana, Rosa encontró un gorro navideño viejo dentro de una caja. “Este es ridículo. Mira nás”, dijo poniéndoselo en la cabeza. Diego rió otra vez y entonces, sin que ella lo pidiera, dejó que se lo pusiera a él también. Fue rápido, pero fue real. La empleada, de quien nadie esperaba nada, había logrado lo imposible, hacer que Diego volviera a vivir un centímetro a la vez.
Esteban estaba bajando las escaleras cuando vio la escena. Diego y Rosa estaban en la sala, uno al lado del otro, acomodando unos adornos pequeños en la mesa de centro. Ella decía algo en voz baja y el niño sonreía. Sonreía. Esteban se detuvo a la mitad del camino, aferrándose al pasamanos.
¿Cuánto tiempo llevaba sin ver a su hijo sonreír? Tr meses. Cuatro. Parecía una vida entera. Su corazón se apretó, pero no de alivio. Era miedo, miedo profundo e irracional. Siguió bajando despacio y se quedó observando desde lejos. Diego le entregó un adorno a Rosa y ella lo aceptó con naturalidad, colocándolo en su sitio.
Parecían conectados y Esteban sintió algo extraño subirle por el pecho. Celos, no era peor. Era el terror de que aquello fuera temporal, de que si Diego se encariñaba demasiado con aquellaempleada y ella se fuera, el niño se derrumbaría de nuevo y esta vez tal vez no habría retorno. Diego llamó Esteban con la voz más seca de lo que pretendía.
El niño se volvió y la sonrisa desapareció al instante. Ve arriba. Es hora del almuerzo. Diego obedeció en silencio y Rosa agachó la cabeza volviendo a su trabajo. Esteban se quedó allí viendo al hijo subir las escaleras y el miedo siguió creciendo como una sombra que no sabía cómo enfrentar. Esteban llamó a Rosa al despacho al final de la tarde.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
