Faltaba vida. “¡Qué lugar tan extraño”, murmuró para sí acomodando un cojín en el sofá. Aquella casa parecía un museo, bonita de ver, pero imposible de sentir. Era como si alguien hubiera armado la Navidad solo para fingir que existía. Caminó hacia la cocina y vio la mesa puesta con bajilla cara, pero ningún plato sucio, ninguna señal de una comida en familia, ninguna risa resonando por los pasillos.
“¡Dios mío, qué soledad”, pensó Rosa sintiendo un nudo en el pecho. Afuera, las luces navideñas adornaban todo el jardín, pero por dentro todo parecía congelado. Volvió a la sala y empezó a doblar unas mantas que estaban sobre el sofá. Fue entonces cuando lo oyó, un ruido leve, pasos pequeños. Se dio la vuelta despacio y vio al niño otra vez, ahora más cerca.

Diego estaba quieto en la puerta, sosteniendo un cochecito de juguete. No dijo nada, solo la observó como si estuviera midiendo si era segura o peligrosa. Rosa fingió no haberlo visto. Aprendió, cuidando a su madre enferma, que a veces es mejor no forzar nada. continuó doblando las mantas despacio y empezó a tararear bajito.
Era una canción navideña suave, de esas que su abuela cantaba cuando Rosa era pequeña. Noche de paz, noche de amor. Su voz era simple, pero llevaba un calor que hacía falta en aquella casa. No miró hacia atrás, solo cantó. Diego dejó de caminar. Sus ojos se clavaron en ella. Curiosos. Hacía meses que no escuchaba música sin taparse los oídos.
Hacía meses que cualquier sonido navideño lo hacía correr y esconderse. Pero esa voz era diferente, no era fuerte, no era forzada, era como un susurro que no dolía. Dio un paso hacia adelante, todavía aferrado al cochecito. Rosa siguió cantando, ordenando la sala con movimientos lentos. Todo duerme en derredor.
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