Los empresarios se acercaron sin darse cuenta. Los monitores comenzaron a marcar cambios. La temperatura de la piel subía. Había señales eléctricas que antes no estaban.
Isabela trabajó casi media hora, en silencio, sudando, temblando. Cuando finalmente dio un paso atrás, Carmen corrió a sostenerla.
—Abrí caminos —explicó la niña, exhausta—. Su lesión era una represa en un río. El agua siempre quiso fluir. Yo solo ayudé a quitar unas piedras.
Los médicos discutían si era posible, si era placebo, si era solo estimulación superficial. Mauricio no los escuchaba. Miraba sus pies como si acabara de ver un fantasma.
Cuando intentó mover los dedos… se movieron.
—Los vi —dijo Diego, pálido—. Se movieron.
Héctor quiso atribuirlo a un espasmo involuntario, pero ni él sonaba convencido.
Aquella mañana no hubo milagro completo. No todavía. Hubo algo más sutil, pero igual de poderoso: por primera vez en cinco años, la silla de ruedas dejó de ser una condena absoluta… y se convirtió en una pregunta abierta.
Antes de que se fueran, Mauricio hizo algo que nadie esperaba.
—A partir de hoy —le dijo a Carmen—, no limpias más baños. Tu único trabajo será cuidar de Isabela. Tu salario se triplica y se mudan a una de las habitaciones de huéspedes. Si ella va a intentar devolverme las piernas, lo mínimo que puedo hacer es intentar devolverles un poco de dignidad.
No fue un acto de caridad. Fue el primer gesto de un hombre que empezaba a recordar que, antes de ser millonario, había sido humano.
En menos de 24 horas, todo el instituto supo que la “niña de la limpieza” había logrado que Mauricio sintiera los pies. Al día siguiente, el pasillo del tercer piso estaba abarrotado: madres con hijos en sillas de ruedas, esposos con esposas hemipléjicas, jóvenes accidentados, ancianos con bastones. Todos querían lo mismo: un milagro.
Isabela los miraba con el corazón rasgado. Sabía que no podía con todos. Sabía que cada sesión la dejaba extenuada, con la cabeza dando vueltas y las manos temblando.
—Solo puedo hacer dos sesiones al día sin desmayarme —dijo, casi pidiendo perdón—. Quisiera ayudar a todos, pero no soy… no soy suficiente.
Algunos la entendieron. Otros, cegados por el dolor, la acusaron de egoísta. El pasillo se llenaba de súplicas y reproches cuando la voz de Antonio cortó el aire, mandando hacer fila, exigiendo orden.
Fue en esa tensión cuando los mismos empresarios que el día anterior se reían de ella se colocaron a su lado, formando un muro protector. Y fue también entonces cuando la medicina oficial tomó una decisión insólita: en lugar de echarla, la iban a estudiar.
Se instaló un protocolo. Isabela trataría solo a Mauricio al principio, con sensores, cámaras y un equipo de especialistas observando. Entre ellos, una neuróloga de prestigio internacional: la doctora Gabriela Montes, formada en Harvard, contratada por un consorcio médico para “evaluar la situación”.
Lo que Gabriela vio la dejó sin aliento.
No solo eran los cambios neurológicos medibles, las respuestas motoras recuperadas, la actividad inusual en áreas del cerebro relacionadas con la plasticidad. Era algo más profundo: la forma en que el cuerpo de Mauricio reaccionaba cuando Isabela no solo tocaba su columna, sino su historia.
Durante una de las sesiones, con los ojos cerrados y las manos sobre las de él, la niña murmuró:
—Usted está más paralizado por la culpa que por la lesión.
Nadie entendió al principio. Hasta que dijo, con una certeza imposible:
—El helicóptero lo pilotaba usted. No el piloto habitual. Quiso ahorrarse el pago. Cuando empezó a caer, pensó: “Esto es mi culpa”. Y desde entonces, lleva cinco años castigándose.
Mauricio se quebró. Entre sollozos, confesó que había dejado morir al piloto por su avaricia, que había pagado a la familia todo lo que pudo, pero que ningún dinero le quitaba el peso del “yo los maté”.
—Su cuerpo guardó esa culpa —dijo Isabela, mientras trabajaba sobre su espalda—. Una parte de usted cree que no merece caminar.
Con cada respiración, lo hacía repetir en voz alta: “Me perdono”. Con cada palabra, los monitores registraban picos de actividad. Caminos nerviosos que llevaban años “apagados” se encendían como si alguien estuviera volviendo a encender luces en una ciudad oscura.
Hasta que llegó el momento.
—Intente mover la pierna —pidió Isabela.
—No puedo —respondió Mauricio, con la vieja derrota en la voz.
—Inténtelo. Y diga: “Me perdono”.
Mauricio cerró los ojos. Respiró hondo. Gritó, desde el fondo de su pecho:
—¡ME PERDONO!
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