“Te Doy 1 Millón Si Me Curas” — El Millonario Se Ríe… Hasta Que Lo Imposible Sucede

 

 

Mauricio parpadeó, desconcertado. Nadie solía hablarle así. Y menos una niña descalza.

En ese instante, sin que nadie lo supiera, algo empezó a resquebrajarse: no en la silla, no en el mármol, sino en el mundo de certezas crueles que Mauricio había construido para sobrevivir a su propio dolor. Y lo que aquella niña estaba a punto de decir… cambiaría la vida de todos los presentes, y de miles de personas más, para siempre.

—Mi abuela decía que los ricos compran cosas caras, no porque las necesiten, sino para demostrar que pueden —continuó Isabela, sin bajar la mirada—. Es ego, no necesidad.

Los hombres se removieron incómodos. Javier intentó que sonara absurdo, pero su voz carecía de fuerza. Diego hizo una broma sobre la abuela de la niña. Entonces Isabela dejó caer la bomba con la misma naturalidad con la que se habla del clima:

—Mi abuela era curandera. Luz María Morales.

El nombre cayó en el jardín como un rayo. Antonio, intrigado, buscó en su celular. Sus ojos se abrieron como platos.

—No puede ser… —murmuró—. “La mujer de los milagros”. Hay artículos sobre ella. Gente que dice que curó parálisis, dolores crónicos…

—Charlatanería —cortó Mauricio, intentando recuperar el control—. Trucos para engañar desesperados.

—Mi abuela nunca cobró un centavo —respondió Isabela, con la voz quebrándose—. La gente venía cuando los médicos decían que no había nada más que hacer. Ella ayudaba… por amor.

Contó, con una serenidad dolorosa, cómo su abuela la había enseñado desde los cinco años, cómo estudiaban anatomía con libros viejos y con cuerpos vivos, cómo aprendió a sentir con las manos lo que los ojos no veían. Contó cómo, después de la muerte de Luz María, su madre —antes profesora de biología— había terminado limpiando baños porque no podía dejarla sola.

Alrededor, las risas se habían extinguido por completo. Los empresarios ya no miraban a una “niña sucia”. Miraban a una historia. Miraban a una herencia.

—Y usted, señor Vargas —añadió Isabela, acercándose un poco más a la silla—, no quiere curarse. Quiere seguir siendo víctima para justificar lo cruel que es con los demás.

Nadie respiró.

—¿Qué dijiste? —susurró Mauricio, más herido en el orgullo que en las piernas.

—Que si de verdad quisiera curarse, intentaría todo. Pero usted prefiere gastar en sillas de 200.000 pesos y terapias que ya sabe que no funcionan, antes que admitir que tal vez la cura no está donde su dinero manda.

Lo miró directo a los ojos.

—Yo sé algo que usted no sabe.

—¿Y qué sabes tú que yo no sepa? —escupió él.

Isabela sonrió por primera vez. No era sonrisa de niña. Era la sonrisa tranquila de quien ha visto demasiado.

—Sé cómo hacer que vuelva a caminar.

El mundo pareció detenerse. Los hombres dejaron de ser gigantes. En ese segundo, todo el poder estaba en las manos pequeñas de aquella niña.

A las 5:40 de la mañana siguiente, los pasillos del instituto estaban casi vacíos cuando Carmen y Isabela caminaron hacia la suite privada de Mauricio. Carmen temblaba; había pasado la noche entera despierta, debatiéndose entre huir o quedarse.

—Todavía podemos irnos —susurró—. Buscar trabajo en otra ciudad. Dejar que piense que fuimos unas estafadoras.

Isabela negó con una firmeza que rompía el alma.

—La abuela no se habría rendido. Yo tampoco.

Cuando llegaron, no estaban solos. Los cuatro empresarios los esperaban. También el doctor Héctor Navarro, director médico del instituto, dos enfermeras y un equipo de monitores, cables y cámaras.

—Voy a monitorearlo todo —anunció Héctor—. Presión, ritmo cardíaco, actividad neural. Si veo algo peligroso, se detiene.

Mauricio estaba en su silla, con camiseta y shorts. Sus piernas flacas, expuestas por primera vez en años, lo hacían verse vulnerable. Ya no hablaba con arrogancia. Había miedo en sus ojos. Y, debajo del miedo, algo aún más extraño: esperanza.

—¿Qué necesitas que haga? —preguntó a Isabela.

—Que me cuente todo —respondió ella—. El accidente, lo que dijeron los médicos, lo que siente… y lo que no quiere recordar.

Mientras él describía el helicóptero cayendo, las vértebras rotas, el diagnóstico de lesión incompleta, las noches de dolor fantasma, los “lo siento” vacíos de cirujanos multimillonarios, Isabela fue colocando sus dedos a lo largo de su columna.

Presionaba con una precisión que dejó al doctor Héctor boquiabierto.

—Está tocando puntos neurológicos exactos —murmuró a una enfermera—. Eso lleva años de estudio.

Mauricio apretó los dientes. No de dolor. De sorpresa.

—Estoy… sintiendo algo —susurró—. Calor. En las piernas. Y hormigueo en los dedos de los pies.

La habitación entera se congeló.

 

 

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