Nadie podía con los hijos del millonario. Hasta que la niñera cruzó una línea que nadie más se atrevía a cruzar.

Matthew Collins supo que algo andaba mal en cuanto oyó pasos tras él en la entrada empapada por la lluvia de su casa en un suburbio de Chicago, pues no eran pasos apresurados ni desconocidos, sino lentos e inconfundiblemente los de alguien que había vivido bajo su techo durante meses. Se le encogió el corazón al girarse lentamente, cada movimiento más difícil de lo debido, y al levantar la vista hacia la ventana del segundo piso, vio a una mujer inmóvil tras el cristal, con una copa de vino en la mano, tan rígida que se le puso la piel de gallina.

Era su hermana, Denise Collins.

Ella no lo saludó ni lo llamó. Simplemente lo observaba con una expresión que él no podía interpretar desde la distancia, pero algo en su postura, rígida y alerta, le envió una señal de advertencia que no pudo explicar.

“¿Denise?” murmuró Matthew, pero su voz apenas salió de su garganta.

Detrás de él, Lauren Hayes permanecía en silencio, con sus gemelos apretados contra sus piernas. Ambos niños estaban empapados por el repentino aguacero, sus pequeñas manos se aferraban a su ropa como si soltarse significara caer en algo oscuro e infinito. Eran niños que nunca paraban, que solían saltar de un lado a otro con una energía inagotable, pero ahora estaban completamente quietos, con la mirada fija en la casa.

—Señor Collins —dijo Lauren en voz baja, con una voz tan tranquila que a Matthew se le encogió el estómago—. Su hermana vive aquí, ¿verdad?

—Sí —respondió, tragando saliva—. Vive con nosotros desde su divorcio. Casi ocho meses. —Dudó—. ¿Por qué lo preguntas?

Lauren se arrodilló y apartó el pelo mojado de los niños de sus frentes. Se acurrucaron junto a ella sin dudarlo, con una confianza que Matthew comprendió que nunca le habían demostrado del todo. La comprensión lo golpeó más fuerte de lo que esperaba.

“Porque todo empezó aquí”, respondió Lauren.

Matthew Collins no era un tonto. Creó su firma de asesoría financiera desde cero, sobrevivió a la traición de una empresa que casi lo arruina y aprendió a evaluar con precisión a las personas en situaciones donde un solo error podía costar millones. Pero cuando se trató de su propia casa y sus hijos, fracasó de una forma que lo dejó sin aliento.

 

 

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