Alejandro tomó su maleta y caminó hacia la salida sin mirar atrás, sabiendo que dejaba a su hijo en la boca del lobo, pero sabiendo también que él sería el cazador que esperaba en las sombras. En cuanto el motor de su coche se alejó por el camino de entrada, Carla se giró hacia Elena y su sonrisa de esposa perfecta se derritió como cera al fuego, revelando la mueca cruel que había debajo. Bien.
Estúpida”, dijo Carla sacando su teléfono. “El patrón se fue. Hoy es mi día. Limpia la sala grande y saca el vino caro de la bodega. Voy a invitar a mis amigas y en cuanto al niño, enciérralo en el sótano. No quiero que sus gritos arruinen mi fiesta.” El aire en la casa de huéspedes estaba viciado, impregnado de un olor a madera vieja y encierro que contrastaba violentamente con la frescura climatizada de la mansión principal a solo 200 m de distancia.
Alejandro no encendió ninguna luz, no podía arriesgarse a que un destello lo delara. se sentó en una vieja silla de mimbre que crujió bajo su peso, iluminado únicamente por el resplandor a su lado de la pantalla de su laptop. Sus ojos, enrojecidos y secos por la falta de parpadeo, estaban fijos en el mosaico de imágenes que transmitían las cámaras ocultas.
Lo que veía era una tortura diseñada a medida para destrozar su alma, pero no podía apartar la vista. era el testigo silencioso de su propia tragedia. En el monitor superior izquierdo, la cámara de la cocina mostraba a Elena. La joven estaba llorando, pero lo hacía en silencio, con esa resignación aterradora de quien ha aprendido que el ruido solo trae más castigo.
Cargaba a Leo en sus brazos. El niño, completamente inerte por la sobredosis de sedantes que Carla le había administrado, tenía la cabeza caída hacia atrás, balanceándose peligrosamente con cada paso de la empleada. Parecía un cadáver pequeño. Alejandro sintió un impulso eléctrico de salir corriendo, de romper la puerta y matar a todos con sus propias manos, un instinto primario y salvaje que le quemaba las entrañas.
Pero se obligó a quedarse sentado. Sus manos apretaban el borde de la mesa con tal fuerza que la madera vieja comenzó a astillarse bajo sus uñas. “Aún no”, se repitió mentalmente, mordiéndose el labio hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Necesito que lo haga. Necesito que cometa el crimen final ante la cámara. Al sótano he dicho.
La voz de Carla, captada por el micrófono ambiental oculto en la lámpara sonó metálica y distorsionada, pero cargada de una crueldad nítida. En la pantalla, Carla apareció detrás de Elena, empujándola con la punta del dedo en la espalda, como quien arrea ganado. Llevaba una copa de vino en la mano y se movía con una ligereza obsena, tarareando una canción de moda.
“Señora, por favor, el sótano está muy húmedo”, suplicó Elena deteniéndose frente a la puerta de madera maciza que conducía a la oscuridad. El niño tiene los bronquios débiles. Si lo dejamos ahí abajo con este frío, me importa un bledo sus bronquios. Estalló Carla y su rostro se contorsionó en la pantalla.
¿Crees que voy a dejar que mis invitadas vean a ese fenómeno babeando en el sofá? Es una fiesta de clase, Elena, no un hospital de caridad. Mételo ahí dentro, cierra la puerta y sube a preparar los canapés. Y si te atreves a abrir esa puerta antes de que yo te lo diga, te juro que haré que te acusen de robo.
Tengo un reloj de oro perdido, ¿sabes? Sería una lástima que apareciera en tu bolso. La amenaza fue clara. Cárcel. Elena bajó la cabeza derrotada. Alejandro vio como la empleada abría la puerta del sótano. La cámara no tenía ángulo hacia las escaleras de abajo, pero el audio captó el sonido de los pasos. descendiendo hacia la oscuridad. Un minuto después, Elena subió sola con las manos vacías y el rostro bañado en lágrimas.
Carla cerró la puerta del sótano con llave, guardándosela en el escote de su vestido con una sonrisa de satisfacción triunfal. Listo, problema resuelto. Ahora a limpiar. Quiero que esta cocina brille. Alejandro cerró los ojos un segundo, sintiendo una náusea profunda. Su hijo, su pequeño Leo, encerrado como un animal en un sótano lleno de polvo y humedad, drogado e indefenso.
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