Vamos adentro, dijo Alejandro en voz alta, caminando hacia la casa con su hijo en brazos, dejando a Carla parada en el jardín con la boca abierta. Elena, ven con nosotros ahora. Carla se quedó atrás mirando cómo se alejaban. Por primera vez el control se le escapaba de las manos. Y Alejandro, caminando hacia la mansión que se había convertido en una prisión, juró que esa noche no dormiría hasta encontrar el frasco de pastillas y las cámaras de seguridad que planeaba instalar.
La guerra había comenzado. La atmósfera dentro de la mansión era irrespirable, una mezcla de lujo estéril y tensión silenciosa. Alejandro entró al vestíbulo principal con Leo en brazos, sintiendo como el cuerpo de su hijo era un bloque de hielo rígido contra su pecho. Detrás de él, el sonido de los tacones de Carla resonaba como disparos sobre el mármol italiano.
un recordatorio constante de la amenaza que le pisaba los talones. Elena entró última, cerrando la puerta con una suavidad que denotaba su miedo a hacerse notar, quedándose pegada a la pared como si quisiera fundirse con el papel tapiz. “Llévalo a su cuarto inmediatamente, Alejandro”, ordenó Carla, su voz recuperando ese tono de mando disfrazado de preocupación médica.
Está sobreestimulado. Mira cómo tiembla. Ese paseo en el jardín fue un error terrible. Elena, muévete. Ve a la cocina y trae el frasco de noches tranquilas y el gotero nuevo. El niño rompió el otro ayer en uno de sus ataques de histeria. Alejandro subió las escaleras sintiendo la bilis en la garganta. Ataques de histeria.
Ahora sabía que eran mentiras, pero necesitaba ver hasta dónde llegaba la farsa. Entró en la habitación de Leo, un cuarto que parecía más una clínica que el dormitorio de un niño. Paredes blancas, muebles de bordes redondeados, juguetes bajo llave en vitrinas de cristal y un olor persistente a antiséptico. Depositó a Leo suavemente sobre la cama.
El niño no se movió. se quedó mirando al techo con los ojos muy abiertos, respirando de forma superficial. El terror en su mirada era absoluto. Carla entró como un torbellino, arrebatándole el espacio. “Sal, mi amor”, dijo ella, empujando levemente a Alejandro hacia la puerta. “No te gusta verlo cuando le doy las gotas.
Sabes que se pone difícil y te rompe el corazón. Yo me encargo. Es mi carga. Yo la llevo por ti. No, dijo Alejandro plantándose en el umbral. Su sombra cubría la cama. Hoy me quedo. Quiero aprender. Si nos vamos a casar, necesito saber cómo cuidar a mi hijo. Un destello de molestia cruzó los ojos de Carla, pero lo ocultó rápidamente con una sonrisa triste.
Elena apareció en la puerta con una bandeja de plata. Las manos le temblaban tanto que el frasco de cristal tintado repiqueteaba contra el metal. Dámelo. Carla le arrancó el frasco a Elena con brusquedad. Lo que sucedió a continuación se grabó en la retina de Alejandro como una película de terror. Carla no fue dulce, no hubo canciones ni paciencia.
agarró la mandíbula de Leo con una mano, apretando las mejillas del niño con fuerza para obligarlo a abrir la boca. Leo intentó girar la cabeza emitiendo un gemido ahogado, sus ojitos buscando desesperadamente a Elena en la puerta. “Quédate quieto, sea”, susurró Carla, olvidando por un segundo que Alejandro estaba allí, o tal vez confiada en que él interpretaría su violencia como firmeza necesaria.
Carla introdujo el gotero a la fuerza. Una, dos, tres, cuatro dosis. El líquido espeso y amarillento desapareció en la garganta del niño. Leo tosió arcadas sacudiendo su pequeño cuerpo, pero tragó. La reacción fue casi inmediata, demasiado rápida para ser algo natural. En cuestión de segundos, la tensión en los músculos de Leo desapareció, reemplazada por una flacidez antinatural.
Sus párpados cayeron pesadamente. La luz en sus ojos se apagó. No se durmió. Se desconectó. Fue como si alguien hubiera cortado los cables de un muñeco. ¿Ves? Dijo Carla limpiándose una gota del líquido que le había caído en el dedo y tapando el frasco. Es por su bien. Sin esto se lastimaría. Ahora dormirá 12 horas seguidas.
Paz para él. Paz para nosotros. Alejandro miró a su hijo, que ahora yacía con la boca entreabierta, babeando ligeramente, convertido en el vegetal que los médicos describían. Sintió un impulso asesino de agarrar a Carla por el cuello y lanzarla por la ventana, pero se contuvo aferrándose al marco de la puerta hastaque la madera crujió.
No podía salvarlo hoy. Tenía que salvarlo para siempre. Y para eso necesitaba pruebas irrefutables. Necesitaba que el mundo viera al monstruo. “Tienes razón, amor”, mintió Alejandro con la voz muerta. “Tienes un don con él. No sé qué haría sin ti. Carla sonrió victoriosa guardando el frasco en su bolsillo en lugar de dejarlo en la mesa de noche.
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