MILLONARIO LLEGA MÁS TEMPRANO A CASA DE CAMPO… Y CASI SE DESMAYA CON LO QUE VE

 

 

Luego miró a las amigas de Carla que observaban la escena con horror. ¿Quieren saber quién es realmente su amiga?, preguntó Alejandro presionando el botón de play en su teléfono. Miren la pantalla y no aparten la vista. La imagen en la televisión parpadeó y mostró una grabación nítida en 4K. Era de hacía solo unas horas.

Se veía a Carla en la cocina con una copa de vino riéndose sola mientras sostenía el frasco de sedantes. El audio llenó la sala con una claridad cristalina. En cuanto nos casemos y Alejandro me dé el control total, el pequeño Leo va a necesitar un clima más favorable en Suiza y muy barato, aunque las facturas digan lo contrario.

Las amigas de Carla se llevaron las manos a la boca. En el suelo, entre los cristales rotos, Carla dejó de gritar. Se quedó mirando la pantalla, paralizada, viendo como su propia voz dictaba su sentencia de muerte social. Pero Alejandro no se detuvo ahí. Eso fue el fraude, dijo él, su voz fría como el hielo. Ahora vean la tortura.

Deslizó el dedo en la pantalla del teléfono. El video cambió. Ahora mostraba la habitación de Leo la noche anterior. Carla entrando, forzando la boca del niño, vertiendo el líquido a la fuerza, empujándolo contra la almohada mientras él intentaba luchar. Se veía el terror en los ojos del niño. Se oía el “Quédate quieto, sea.

” Una de las invitadas comenzó a llorar. Otra se dio la vuelta, incapaz de mirar. Apapágalo”, ahuyó Carla desde el suelo intentando levantarse, cortándose las manos con los cristales. “Es un montaje, es inteligencia artificial. Me quieren arruinar.” No, Carla”, dijo Alejandro caminando hacia ella y mirándola desde arriba, como se mira a un insecto repugnante.

“Te has arruinado tú sola y tengo una última sorpresa para ti.” Alejandro hizo una señal hacia la puerta principal. Las luces azules y rojas de una patrulla de policía comenzaron a parpadear a través de las ventanas rotas de la sala. No había llamado a seguridad privada. había llamado a las autoridades.

Se acabó el juego, dijo Alejandro. Elena, toma a Leo. Vámonos al jardín. No quiero que mi hijo vea cómo se llevan a la basura. El sonido de las sirenas cesó abruptamente frente a la entrada principal, reemplazado por el golpe seco de puertas de automóviles cerrándose y voces de mando que resonaban en el exterior. Dentro de la sala, la pantalla gigante seguía proyectando el horror en bucle.

La imagen granulada de Leo temblando en la oscuridad del sótano, golpeando el suelo en silencio. Las amigas de Carla, mujeres que minutos antes sostenían copas de cristal y hablaban de viajes a París, ahora retrocedían contra las paredes, cubriéndose la boca, mirando a su anfitriona como si fuera una leprosa. La máscara social de Carla se había desintegrado por completo, tirada en el suelo, rodeada de vidrios rotos, con el maquillaje corrido y el vestido rasgado.

Ya no parecía la reina de la alta sociedad, parecía lo que realmente era, una criminal acorralada. Dos oficiales de policía uniformados entraron en la sala con las armas desenfundadas apuntando al suelo, pero listos para la acción. Detrás de ellos entró un hombre de civil con placa al cinto y rostro curtido.

El comandante Ribas. Alejandro dio un paso adelante, levantando las manos abiertas para mostrar que no era una amenaza, aunque su camisa seguía manchada con su propia sangre y la suciedad del sótano. “Soy Alejandro Montalvo, el dueño de la casa”, dijo con voz firme, controlando la adrenalina que le pedía destrozar todo. “Yo hice la llamada.

” El comandante Rivas escaneó la habitación en un segundo, los vidrios rotos. La mujer en el suelo, las invitadas aterradas y, lo más importante, la empleada doméstica protegiendo al niño en el sofá. Su mirada se detuvo finalmente en la pantalla de televisión. ¿Qué es esto?, preguntó Rivas señalando el video.

Evidencia, respondió Alejandro señalando a Carla. detención ilegal de un menor, abuso físico agravado, fraude financiero y administración de sustancias controladas sin prescripción médica. Carla intentó levantarse apoyándose en la mesa rota con las manos sangrando por cortes superficiales. Su instinto de supervivencia narcisista se activó con una fuerza desesperada.

Oficial, “Gracias a Dios que llegaron”, gritó ella señalando a Alejandro con un dedo tembloroso. Este hombre está loco. Me atacó. Mire cómo me dejó. Es un montaje. Ese video es falso. Es es un truco de computadora. Él me quiere quitar mi dinero. Yo soy Carla Velasco. Mi familia es dueña de las constructoras del norte.

 

 

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