MILLONARIO LLEGA MÁS TEMPRANO A CASA DE CAMPO… Y CASI SE DESMAYA CON LO QUE VE

 

 

Leo, deslumbrado por la luz, escondió la cara en el cuello de su padre. Su pijama estaba manchado de moía telarañas en el pelo. Parecía un niño de la calle, no el heredero de una fortuna. Las amigas de Carla retrocedieron horrorizadas. La imagen era demasiado potente para ser ignorada. No había niño peligroso. Había una criatura aterrorizada y un padre dispuesto a matar por él.

Vamos a la sala, dijo Alejandro con una calma fría que asustaba más que sus gritos anteriores. No era una invitación, era una orden. Todos. Ahora no voy a ir a ninguna parte contigo, escupió Carla intentando recuperar el control. ¿Estás borracho o drogado? Mira cómo tienes al niño. Lo estás ensuciando con tu sangre. Dámelo.

Yo soy su madre legal ante la ley en ausencia de Carla intentó agarrar la pierna de Leo. Elena llamó Alejandro ignorando a Carla y caminando hacia la sala, obligando a las invitadas a apartarse. Ven aquí. La empleada, secándose las lágrimas con el delantal, se enderezó y caminó detrás de él, pasando junto a Carla con la cabeza alta por primera vez en su vida.

Carla se quedó boquiabierta, viendo cómo su autoridad se evaporaba. Pero la villana no estaba lista para rendirse. La humillación pública era su peor pesadilla y no iba a permitir que sucediera. Con una mirada de odio puro, siguió al grupo hacia la sala principal, donde la enorme pantalla de televisión de 85 pulgadas dominaba la pared oscura y silenciosa, esperando ser encendida.

La sala principal, decorada con un gusto exquisito y flores frescas que costaban una fortuna, se había convertido en un tribunal improvisado. Alejandro se detuvo en el centro de la habitación bajo la lámpara de araña de cristal. Bajó a Leo con suavidad y lo sentó en el sofá de terciopelo Beig, un mueble que Carla siempre había prohibido que el niño tocara por miedo a las manchas.

Leo se encogió en el cojín, mirando a su alrededor con ojos desorbitados buscando a Elena. La empleada se colocó inmediatamente a su lado, arrodillándose en la alfombra tomándole la mano. El niño suspiró, calmándose al instante al sentir el tacto familiar de los guantes de goma que ella había olvidado quitarse, o quizás que había decidido dejarse puestos como su armadura.

Las invitadas de Carla, cinco mujeres de la alta sociedad local, se quedaron de pie en un semicírculo incómodo, sin saber si irse o quedarse a ver el espectáculo. La curiosidad morbosa las mantenía ancladas al suelo. Carla irrumpió en la sala con los ojos inyectados en sangre. Había perdido la compostura elegante.

Ahora era una bestia acorralada. “Basta de este teatro!”, gritó señalando a Alejandro. Largo de mi casa, todas ustedes fuera. Esto es un asunto familiar privado. Alejandro está teniendo un brote psicótico. Mírenlo. Está sucio, sangrando, delirando. Alejandro la miró con una tranquilidad exasperante. Se limpió la sangre de la mano en el pantalón y sacó su teléfono del bolsillo.

“Nadie se va”, dijo él, su voz resonando con autoridad. Al menos no hasta que vean por qué mi hijo estaba encerrado en un sótano mientras ustedes bebían champán. Alejandro caminó hacia el televisor.Carla entendió al instante lo que iba a pasar. Sus ojos se desviaron hacia la cámara oculta en el marco del cuadro sobre la chimenea.

Un detalle que había pasado por alto mil veces. El color abandonó su rostro. “No te atrevas”, chilló Carla. lanzándose hacia él para intentar quitarle el teléfono. Es ilegal. No puedes grabarme en mi propia casa. Pero antes de que pudiera llegar a Alejandro, Elena se puso de pie. Fue un movimiento rápido, fluido. La sirvienta, la mujer invisible, se interpuso en el camino de la señora de la casa.

No lo toque, dijo Elena. No gritó. Lo dijo con una voz firme de acero. Carla se detuvo incrédula. La audacia de la empleada la cegó de ira. Tú, siceó Carla con la saliva saliendo de su boca. ¿Tú te atreves a darme órdenes? Eres una muerta de hambre que recogí de la calle. Apártate o te juro que te mato. Carla levantó la mano de nuevo, esta vez con el puño cerrado, dispuesta a golpear a Elena en la cara, dispuesta a descargar toda su frustración sobre el eslabón más débil. Mami, no.

El grito no vino de Elena, vino del sofá. Fue Leo. El niño se había puesto de pie sobre los cojines. No había gritado mamá llamando a Carla. había gritado para defender a Elena. Carla se congeló con el puño en el aire, miró al niño con odio. “Tu pequeño monstruo”, murmuró ella. “Todo esto es tu culpa. Si fueras normal, nada de esto pasaría.

Deberías haberte muerto con tu madre.” La crueldad de la frase provocó un grito ahogado entre las invitadas. ¡Cállate! Alejandro conectó el cable a su teléfono con un movimiento seco. La pantalla gigante cobró vida, pero Carla, en un último acto de locura, se abalanzó no sobre Alejandro, sino sobre Leo. Si tenía al niño, tenía el poder.

Si lo tomaba como reen emocional, Alejandro no podría hacer nada. Ven aquí”, gritó ella, agarrando a Leo por el brazo con violencia, intentando arrancarlo del sofá. Leo chilló de dolor. Elena no lo pensó. Se lanzó sobre Carla, empujándola con el hombro. Carla, desequilibrada por los tacones y la sorpresa, tropezó y cayó de espaldas sobre la mesa de centro de cristal que se hizo añicos bajo su peso.

El estruendo fue monumental. Carla quedó tendida entre los cristales, aturdida, pero furiosa, gritando maldiciones. Elena se colocó inmediatamente delante de Leo, protegiéndolo con su propio cuerpo, respirando agitadamente con los puños cerrados. “Nadie toca al niño”, gritó Elena con una ferocidad de leona. “¡Nadie!” Alejandro miró a Elena con un respeto profundo, casi reverencial.

 

 

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