MILLONARIO LLEGA MÁS TEMPRANO A CASA DE CAMPO… Y CASI SE DESMAYA CON LO QUE VE

 

 

La luz de la linterna iluminó su rostro sucio de polvo, con rastros de lágrimas secas en las mejillas. Sus ojos, dilatados por el miedo y los residuos de los sedantes, enfocaron la luz y luego milagrosamente encontraron el rostro de Alejandro. Pa, pa! Grasnó el niño con la garganta seca. Alejandro soltó el teléfono y lo abrazó.

Fue un abrazo desesperado, total. Leo no se quedó rígido. Esta vez se aferró al cuello de su padre con una fuerza sorprendente, enterrando la cara en su camisa, manchada de sangre y sudor, sollozando con un alivio que ningún niño de 6 años debería tener que sentir. Vamos arriba, dijo Alejandro levantándolo en brazos.

Leo pesaba muy poco, demasiado poco. Vamos a salir de aquí. subió las escaleras con paso firme, cargando a su hijo como si fuera el tesoro más valioso del universo. Al cruzar el umbral de la puerta del sótano y volver a la luz brillante de la cocina, la escena había cambiado. Carla ya no estaba sola contra la encimera. Estaba rodeada de sus amigas, quienes la consolaban mientras ella lloraba lágrimas de cocodrilo arreglándose el vestido.

“Y por eso lo encerré, porque intentó morderme”, estaba diciendo Carla entre soyosos fingidos. “Es peligroso, chicas. Alejandro no lo entiende. Su culpa de padre lo ciega.” La voz de Carla murió en su garganta cuando vio a Alejandro salir del sótano con el niño en brazos. El silencio cayó de nuevo pesado y acusador.

 

 

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