Lo tenía todo. Podía llamar a la policía ahora mismo. Podía entrar con una escopeta, pero su mirada se desvió al monitor inferior derecho, el sótano. No había luz allí abajo, pero la cámara tenía visión nocturna infrarroja. La imagen era granulosa en tonos de gris y verde fantasmal. Leo se estaba moviendo.
El efecto del sedante estaba pasando más rápido de lo habitual. Tal vez por la adrenalina del miedo o porque su cuerpo estaba desarrollando tolerancia al veneno. El niño estaba sentado en el viejo colchón que usaban para guardar la ropa de invierno. Se abrazaba las rodillas meciéndose frenéticamente. Alejandro acercó la cara a la pantalla. podía ver el terror puro en los ojos de su hijo, que brillaban en la oscuridad como los de un gato asustado.
Leo miraba hacia la puerta cerrada en la parte superior de la escalera y entonces el niño hizo algo que rompió el corazón de Alejandro en mil pedazos. Comenzó a golpear el suelo con los puños, pero en silencio. Abría la boca para gritar, “¡Papá!”, Pero no salía sonido. O tal vez tenía demasiado miedo de que la bruja lo escuchara. Arriba.
La fiesta estaba en su apogeo. La música había subido de volumen. Elena pasaba entre las invitadas con bandejas de canapés invisible para ellas, tratada como un mueble más. Pero Alejandro notó algo en la postura de la empleada. Elena no miraba a las invitadas, miraba el reloj, miraba la puerta del sótano. Estaba tensa como un resorte a punto de soltarse.
Aprovechando que Carla estaba ocupada contando una anécdota sobre su último viaje a París, Elena dejó la bandeja sobre una mesa auxiliar y se deslizó hacia la cocina. Alejandro cambió de cámara rápidamente para seguirla. La vio rebuscar en los cajones con desesperación. No buscaba comida, buscaba algo metálico, un destornillador, un cuchillo, algo para forzar la cerradura. “No lo hagas, Selena.
Te va a matar”, susurró Alejandro a la pantalla con el corazón en la garganta. Sabía que si Carla la descubría intentando abrir la puerta, la violencia sería inmediata. Pero Elena no se detuvo. Encontró un viejo cuchillo de untar mantequilla y corrió hacia la puerta del sótano. Intentó meter la punta en la cerradura, sus manos temblando violentamente.
El ruido metálico, aunque leve, resonó en el silencio de la cocina. Crack. El sonido no vino de la puerta, vino de la entrada de la cocina. ¿Qué crees que estás haciendo, sucia traidora? Alejandro vio como Carla aparecía en el marco de la puerta, su rostro transformado por una ira demoníaca. Había escuchado, había seguido a la empleada.
Elena soltó el cuchillo que cayó al suelo con un estruendo que pareció un disparo. Señora, yo escuché un ruido. Pensé que el niño se había caído. Balbuceó Elena, retrocediendo hasta chocar contra la puerta del sótano, protegiéndola con su cuerpo. Pensaste. Tú no estás aquí para pensar, estás aquí para servir. Siseó Carla, avanzando hacia ella con la copa de vino aún en la mano.
Su elegancia había desaparecido. Ahora era una depredadora acorralando a su presa. Te dije que no abrieras esa puerta. Te dije que si lo hacías te arrepentirías. ¿Crees que puedes desafiarme en mi propia casa? Él está despierto, señora,”, dijo Elena, y por primera vez levantó la voz. No gritó, pero habló con una firmeza que hizo que Carla se detuviera un segundo.
Está despierto y tiene miedo. Es un niño. No puede dejarlo ahí en la oscuridad. Es inhumano. Inhumano. Carla soltó una carcajada estridente que eló la sangre. Inhumano es tener que cuidar a un que no sirve para nada. Él es un error genético y tú eres un error laboral. Y voy a corregir ambos ahora mismo.
Carla levantó la mano. No para abofetearla. Alejandro vio el brillo del cristal. Iba a golpearla con la copa de vino. Iba a cortarle la cara. Alejandro no esperó más. No pensó. No planeó. Salió de la casa de huéspedes como un misil, sin cerrar la puerta, sin apagar la laptop. Corrió por el jardín oscuro, saltando los setos, ignorando el dolor en sus pulmones, impulsado por una única necesidad, llegar antes de que la sangre manchara el suelo de su cocina.
Mientras corría, sacó el teléfono y marcó un número pregrabado con una sola tecla. Seguridad: bloqueen las salidas. Que nadie salga de la propiedad. Repito, nadie sale. Activen el protocolo rojo. Llegó a la terraza trasera en segundos. A través de los ventanales vio a las invitadas charlando, ajenas a la violencia que ocurría a metros de ellas.
Alejandro no usó la puerta, tomó una silla de hierro forjado del patio y la lanzó con toda su fuerza bruta contra el ventanal de vidrio templado de la sala. El estruendo del vidrio rompiéndose fue más fuerte que la música, más fuerte que las risas. Fue el sonido del juicio final llegando a casa.
Las invitadas gritaron cubriéndose la cabeza mientras una lluvia de cristales caía sobre la alfombra persa. Alejandro entró por el hueco roto, sangrando por un corte en la mano con la mirada de un loco y la postura de un verdugo. Las amigas de Carla se quedaron paralizadas con las copas a medio camino de sus bocas. Alejandro, chilló una de ellas.
Dios mío, ¿qué pasa? Alejandro no las miró, cruzó la sala como una tormenta, tirando una mesa a su paso y se dirigió directoa la cocina. Llegó justo en el momento en que Carla tenía a Elena agarrada por el cabello con la copa levantada para golpear. “Suéltala”, rugió Alejandro. un grito tan viseral que hizo vibrar las paredes.
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