La impotencia era un veneno que corría por sus venas, pero fue interrumpida por el sonido de una notificación en su teléfono, un correo electrónico urgente. El remitente era el doctor Salazar, el jefe del laboratorio privado al que había enviado lasmuestras esa misma mañana mediante un mensajero de confianza. El asunto del correo decía: “Resultados toxicológicos, urgente nivel crítico.
” Alejandro abrió el archivo con dedos temblorosos. No necesitaba ser médico para entender las barras rojas que cruzaban el gráfico. “Paciente, Leo, 6 años. Muestra residuo en frasco y saliva pañuelo. Resultados positivo para clinafenol y diacepam en concentraciones tres veces superiores al límite seguro para un adulto.
Rastros de supresores del sistema nervioso central no aprobados para uso pediátrico. Nota. El uso continuado de esta combinación no solo causa parálisis motora temporal y estado catatónico, sino que está generando un daño neurológico acumulativo. A estas dosis, el riesgo de paro respiratorio durante el sueño es del 80%.
Alejandro dejó caer el teléfono sobre la mesa. No era solo maltrato, no era solo negligencia, era un asesinato en cámara lenta. Carla no estaba controlando a Leo, lo estaba matando poco a poco, borrando su cerebro, apagando sus pulmones, asegurándose de que si no moría, quedara tan dañado que nunca pudiera reclamar su herencia o contar la verdad.
La mujer con la que dormía, la mujer que fingía amarlo, estaba ejecutando a su hijo día tras día. La frialdad del estratega desapareció. Ahora solo quedaba la furia del padre. Alejandro miró el monitor donde Carla se servía otra copa de vino riendo sola en la cocina. Ya tenía las pruebas toxicológicas, ahora tenía el video del encierro.
tenía suficiente para enviarla a prisión por años, pero no era suficiente. Quería destruirla. Quería que sus amigas, esa alta sociedad ante la que ella fingía ser perfecta, vieran el monstruo que era. Quería una humillación pública tan devastadora que no pudiera esconderse bajo ninguna piedra. Miró el reloj, las 7:0 pm.
Los coches de las invitadas empezarían a llegar en cualquier momento. La fiesta estaba a punto de comenzar y Alejandro, desde su cueva oscura, se preparó para ser el director de la orquesta en el infierno que se avecinaba. La noche cayó sobre la propiedad como un manto pesado, ocultando la fealdad moral bajo luces de jardín perfectamente diseñadas.
Desde la pantalla de su laptop, Alejandro vio como la fachada de su casa se transformaba. Carla había encendido las luces decorativas, creando un ambiente de cuento de hadas que contrastaban aababundamente con la realidad del sótano. Los primeros coches de lujo comenzaron a deslizarse por el camino de entrada. Mercedes BMW, convertibles conducidos por mujeres que vestían como si fueran a una gala benéfica, ajenas a que estaban entrando en la escena de un crimen.
El sonido de la música lounge comenzó a filtrarse por los micrófonos de la sala. Alejandro subió el volumen de sus auriculares para no perderse ni una palabra. Necesitaba oírlo todo. Necesitaba munición. Carla recibió a sus amigas en la puerta principal con abrazos efusivos y besos al aire que no tocaban la piel. “Bienvenidas! Pasen, pasen”, exclamó Carla radiante en un vestido de seda verde esmeralda.
“La casa es toda nuestra. El jefe se fue a Londres a hacer más dinero para nosotras y el paquete está descansando.” “¿El paquete?”, preguntó una mujer rubia con demasiadas joyas, soltando una risita cruel mientras aceptaba una copa de champán de una bandeja que sostenía Elena. “Ya sabes, el niño”, respondió Carla bajando la voz en un tono conspiratorio mientras caminaban hacia la sala.
Hoy estaba insoportable, gritando, babeando, un horror. Tuve que darle su medicina especial y guardarlo donde no moleste. Honestamente, chicas, es un sacrificio que ninguna de ustedes entendería. Vivir con un niño así es como vivir con un animalito roto. Pero bueno, Alejandro se siente culpable y eso se traduce en compensaciones. Carla señaló con un gesto amplio las renovaciones de la sala, los muebles nuevos y su propio collar de diamantes.
Las amigas rieron un sonido de llenas vestidas de seda. “Eres una santa, Carla”, dijo otra mujer morena y alta. Yo ya lo habría mandado a un internado estatal y tirado la llave. ¿Cómo lo aguantas? Paciencia, querida. Paciencia y estrategia, dijo Carla, guiñando un ojo hacia la cámara oculta en el cuadro, sin saber que su prometido estaba registrando cada píxel de su confesión.
En cuanto nos casemos y Alejandro me dé el control total del fideicomiso médico, digamos que el pequeño Leo va a necesitar un clima más favorable en Suiza, muy lejos de aquí y muy barato, aunque las facturas digan lo contrario. Alejandro sintió que le estallaban las cienes. Ahí estaba la confesión financiera, fraude, premeditación.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
