“Lavaré Tu Pie Y Caminarás…” El Padre Pensó Que Era Una Broma Pero Se Paralizó Cuando Vio…

 

 

En los días que siguieron, la vida de todos cambió de maneras que nadie habría podido prever. Alejandro llevó a Mateo a los mejores especialistas de Sevilla, luego de Madrid, luego de Barcelona. Todos dijeron lo mismo. Era imposible. No había explicación médica. El daño en la médula espinal seguía ahí, pero de alguna manera las conexiones nerviosas se habían regenerado de un modo que la ciencia no podía explicar.

Algunos hablaron de milagro, otros de remisión espontánea extremadamente rara. Otros se negaron a comentar porque lo que veían iba contra todo lo que sabían. Pero a Mateo no le importaban las explicaciones, solo le importaba que podía caminar. Los primeros días fueron difíciles, las piernas débiles después de 8 años de inmovilidad, los músculos atrofiados que tenían que aprender a funcionar.

Pero con la fisioterapia y sobre todo con la determinación feroz de quien ha recibido una segunda oportunidad, Mateo mejoraba cada día. Después de una semana daba pasos inseguros, sin apoyo. Después de un mes, caminaba por toda la casa. Después de tres meses, corría por el jardín de la villa, riendo con esa alegría pura que solo los niños saben expresar.

Pero el cambio más grande no fue en las piernas de Mateo, fue en el corazón de Alejandro. El empresario que había pasado la vida construyendo un imperio se dio cuenta de que había descuidado lo más importante, su hijo. Se dio cuenta de que todo ese dinero, todo ese poder no valían nada si no sabía mirar a Mateo a los ojos, si no sabía abrazarlo cuando tenía miedo, si no sabía decirle que lo quería y se dio cuenta de otra cosa, que tenía que hacer algo por Sofía y su madre.

Alejandro fue a buscar a Carmen a su pisito destartalado y lo que vio le golpeó como un puñetazo en el estómago. Dos personas que vivían en un espacio más pequeño que su cuarto de baño, con la humedad subiendo por las paredes y las tuberías goteando, con una nevera medio vacía y ropa remendada tendida en una cuerda.

Aquella niña que había hecho un milagro por su hijo vivía en condiciones que él no le habría deseado a su peor enemigo. Carmen lo miró con desconfianza cuando se presentó en la puerta. No entendía qué quería aquel hombre rico. Tenía miedo de que hubiera venido a quejarse de algo que Sofía había hecho. Pero cuando Alejandro le contó lo que había pasado, cuando le dijo que su hija le había devuelto las piernas a su hijo, Carmen se echó a llorar.

Lloró de alegría, de alivio, de orgullo por tener una hija tan especial y lloró por la abuela, aquella mujer extraordinaria que había transmitido a Sofía algo que iba más allá de la comprensión humana. Alejandro le hizo a Carmen una propuesta que le cambió la vida. Le ofreció un trabajo en su empresa, no como mujer de la limpieza, sino como responsable del personal doméstico, con un sueldo de verdad y todos los beneficios.

le ofreció un pisoen el complejo residencial junto a su casa, un lugar luminoso y seco donde Sofía pudiera crecer como se merecía. Le ofreció pagar los estudios de Sofía en los mejores colegios, darle todas las oportunidades que la pobreza le había negado. Carmen rechazó al principio, demasiado orgullosa para aceptar lo que le parecía caridad. Pero Alejandro le explicó que no era caridad, era gratitud.

le explicó que su hija le había dado algo que todo el dinero del mundo no podía comprar y que él solo quería devolver una mínima parte de aquel regalo. Al final, Carmen aceptó, no por ella, sino por Sofía. Aceptó porque quería que su hija tuviera las oportunidades que ella nunca había tenido, porque quería que pudiera estudiar y crecer y convertirse en todo lo que su corazón extraordinario merecía ser.

Un año después, en la casa de los Romero se celebró una fiesta muy diferente de las que Alejandro había organizado en el pasado. No había políticos ni hombres de negocios, no había contratos que firmar, ni alianzas que sellar. Solo había personas que se querían reunidas para celebrar el primer aniversario del milagro. Mateo corría por el jardín junto a Sofía, gritando y riendo como todos los niños de su edad.

Nadie que los viera habría podido imaginar que un año antes él no podía mover las piernas, que estaba condenado a una silla de ruedas para toda la vida. Corría con la misma naturalidad con la que respiraba, como si nunca hubiera hecho otra cosa. Carmen charlaba con algunas vecinas, elegante con el vestido nuevo que se había podido permitir con su sueldo, relajada como no lo había estado en años.

 

 

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.