Alejandro se tapó la boca con la mano para ahogar un grito. No podía ser verdad. No podía ser real. Los mejores médicos del mundo le habían dicho que era imposible, que el daño era permanente, que no había ninguna esperanza. Sin embargo, estaba viendo a su hijo mover los dedos de los pies por primera vez en 8 años.
Sofía seguía lavando, seguía rezando, ajena a la presencia de Alejandro, completamente absorta en lo que estaba haciendo. Y Mateo, con las lágrimas empezando a correr por su cara, estaba experimentando sensaciones que nunca había conocido. El frío del agua, el tacto de las manos de Sofía, el hormigueo de la vida que volvía donde siempre había estado ausente.
Alejandro se quedó escondido durante lo que pareció un tiempo infinito, viendo aquella escena imposible desarrollarse ante sus ojos. Cuando Sofía terminó de lavar los pies de Mateo y lo secó con una vieja toalla que había traído de casa, el niño hizo algo que el padre nunca había visto. Sonríó. No la sonrisa triste y resignada que Alejandro conocía, sino una sonrisa de verdad, llena, luminosa.
Sofía se levantó y le tendió las manos a Mateo. Le dijo que era el momento, que tenía que intentarlo, que ella lo sujetaría. Mateo la miró con terror en los ojos. El terror de quien tiene miedo de tener esperanza, de quien sabe que la decepción duele más que la resignación. Pero también había algo más en esos ojos, algo más fuerte que el miedo, la confianza en aquella niña que se había convertido en su única amiga.
Mateo cogió las manos de Sofía y por primera vez en su vida intentó levantarse de la silla de ruedas. Alejandro contuvo la respiración. Vio las piernas de su hijo temblar bajo un esfuerzo que nunca habían hecho. Vio la cara de Mateocontraerse por la concentración. vio a Sofía que lo sostenía con todas sus fuerzas, aunque era más pequeña y más delgada que él, y entonces vio lo imposible suceder. Mateo estaba de pie.
Era inseguro, tembloroso. Tenía que agarrarse a Sofía para no caerse, pero estaba de pie. Por primera vez en 8 años, Mateo Romero estaba de pie sobre sus piernas. Alejandro sintió las lágrimas correr por su cara. Él que no lloraba desde el día en que Elena lo había dejado, sintió que las rodillas le fallaban.
Tuvo que apoyarse en el coche detrás del que se escondía para no caerse. No entendía, no podía entender. Todo lo que creía saber sobre el mundo. Se estaba haciendo añicos delante de una niña pobre y un barreño de agua. Sofía estaba animando a Mateo a dar un paso, solo uno, poco a poco. Le decía que no tuviera miedo, que ella estaba ahí, que no dejaría que se cayera.
Y Mateo, con el esfuerzo de quien está escalando una montaña, levantó un pie y lo posó unos centímetros más adelante. Había dado su primer paso. El grito que salió de la garganta de Alejandro fue tan fuerte que los dos niños se volvieron de golpe. Mateo casi se cayó de la sorpresa, pero Sofía lo sujetó.
Y cuando el niño vio a su padre correr hacia ellos con las lágrimas surcándole la cara, no entendió qué estaba pasando. Alejandro se arrodilló delante de su hijo, lo abrazó con una fuerza que no sabía que tenía, llorando y riendo al mismo tiempo. Miró las piernas de Mateo, tocó sus pies todavía húmedos, como para asegurarse de que todo era real.
Y luego miró a Sofía, aquella niña sucia y malvestida, que había hecho lo que todos los médicos y todo el dinero del mundo no habían conseguido hacer. No encontró palabras. Por primera vez en su vida, Alejandro Romero, el hombre que siempre tenía una respuesta para todo, no sabía qué decir. Se limitó a la mano de Sofía y a apretarla, mientras las lágrimas seguían corriendo y su mundo se recomponía en una forma completamente nueva.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
