Le decía que la abuela le había enseñado que aquel gesto no era solo higiene o humildad, era algo más profundo, un acto de amor puro que podía abrir puertas que parecían cerradas para siempre. Un día, Sofía le dijo a Mateo que quería probar, quería lavarle los pies como hacía su abuela con los enfermos.
Quería ver si ella también había heredado ese don del que todos hablaban. Mateo la miró con una mezcla de esperanza y miedo. Quería creerla, pero tenía miedo de hacerse ilusiones. Tenía miedo de que fuera otra decepción más en una vida hecha de decepciones. Pero Sofía no se desanimó. Le dijo que le daba igual si no la creía, que ella creía lo suficiente por los dos.
le dijo que lo prepararía todo, que encontraría un barreño y agua limpia, que harían aquel ritual juntos y que después pasara lo que pasara, serían amigos para siempre. Mateo aceptó, quizás porque no tenía nada que perder, quizás porque aquella niña con la ropa sucia y la sonrisa luminosa le daba una esperanza que no encontraba en ningún otro sitio.
Decidieron que lo harían aquel viernes, cuando el padre de Mateo estaría ocupado en una reunión importante y él tendría más tiempo. Sofía pasó los días siguientes preparándose. No sabía exactamente qué tenía que hacer. solo seguía el instinto y los recuerdos fragmentados de lo que había visto hacer a la abuela.
Encontró un viejo barreño de metal en un contenedor, lo limpió hasta dejarlo brillante. Recogió flores del campo que crecían entre las grietas del asfalto y las puso a secar para perfumar el agua. Rezó cada noche con esa fe sencilla y total de los niños, pidiendo que se le diera el poder de ayudar a su amigo. Su madre Carmen la miraba con preocupación.
No entendía estaba tramando, pero veía algo diferente en los ojos de su hija, una luz que le recordaba a su madre, la abuela de Sofía. No dijo nada, no hizo preguntas, se limitó a abrazarla fuerte antes de irse a dormir y a rezar ella también, sin saber muy bien por qué. El viernes llegó con un cielo azul y un sol cálido que parecía bendecir aquel día.
Sofía salió de casa con el barreño escondido en una bolsa de plástico, el corazón latiéndole fuerte en el pecho, las manos temblando ligeramente. No sabía qué iba a pasar, no sabía si funcionaría, solo sabía que tenía que intentarlo, que algo la empujaba a hacerlo, que esto era aquello para lo que había nacido.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
