“Lavaré Tu Pie Y Caminarás…” El Padre Pensó Que Era Una Broma Pero Se Paralizó Cuando Vio…

 

Un mundo que Alejandro siempre había ignorado. Las viviendas sociales, los bloques de pisos destartalados, las familias que luchaban para llegar a fin de mes. Era de ese mundo de donde venía Sofía. Sofía García tenía 10 años y nunca había conocido a su padre. Su madre, Carmen limpiaba casas en diferentes partes del barrio para juntar un sueldo que apenas llegaba para pagar el alquiler de un pequeño piso húmedo en la planta baja de un edificio que se caía a pedazos.

Sofía no tenía juguetes, no tenía ropa nueva, no tenía nada de lo que tenían los otros niños, pero tenía algo que muchos otros no tenían, un corazón grande como el mar y una fe inquebrantable que le había transmitido su abuela antes de morir. La abuela de Sofía había sido una mujer especial, una de esas personas que todos en el barrio respetaban y querían.

Decían que tenía el don de la sanación, que sus manos podían aliviar el dolor y dar consuelo a los que sufrían. Sofía había pasado los primeros años de su vida a su lado, viéndola rezar por los enfermos, preparar remedios con hierbas, lavar los pies de los ancianos que ya no podían hacerlo solos. La abuela le había enseñado que el gesto más humilde era también el más poderoso, que lavar los pies a alguien significaba ponerse a su servicio con todo el corazón, que en ese gesto había una fuerza que iba más alláde la comprensión humana. Cuando la

abuela murió dos años antes, Sofía sintió que el mundo se le venía encima, pero también sintió algo diferente, una presencia cálida que no sabía explicar, una voz silenciosa que le decía que no tuviera miedo, que ella había heredado algo especial, que algún día entendería. Que Sofía había conocido a Mateo por casualidad una semana antes de aquella tarde de septiembre.

Había salido a buscar botellas de plástico para vender por unos céntimos. cuando vio a un niño en silla de ruedas que lloraba solo en la acera delante de una casa enorme, se había acercado sin pensarlo, como hacía siempre cuando veía a alguien sufrir, y le había preguntado qué le pasaba. Mateo se lo había contado todo.

Le había contado lo de la madre que se había ido, lo del padre que nunca lo miraba a los ojos, lo de los niños del colegio que se burlaban de él, el deseo ardiente de poder correr como todos los demás. Le había contado que a veces por las noches soñaba que caminaba y que cuando se despertaba y se daba cuenta de que solo era un sueño, lloraba tanto que la almohada se empapaba.

Sofía lo había escuchado sin interrumpir, con esos ojos grandes y oscuros que parecían ver más allá de las palabras. Y cuando Mateo terminó de hablar, ella le dijo algo que él nunca olvidaría. Le dijo que ella podía ayudarlo, que sabía qué hacer, que solo tenía que confiar en ella. En los días siguientes, Sofía y Mateo se encontraron cada tarde en el mismo sitio, aquel tramo de acera que marcaba la frontera entre sus dos mundos.

Los encuentros eran breves, porque Mateo tenía que volver antes de que su padre regresara del trabajo, pero eran intensos, llenos de palabras y silencios que creaban un vínculo cada vez más fuerte. Sofía le contaba a Mateo cosas de su vida, de la mamá que trabajaba todo el día, del pisito donde dormían juntas en la misma cama, de los sueños que tenía en los que volaba sobre los tejados de Sevilla y veía el río Guadalquivir brillar bajo el sol.

Mateo la escuchaba fascinado. Él que tenía todo el dinero del mundo, pero nunca había sentido la libertad de la que hablaba Sofía, esa libertad que no dependía de las cosas, sino del corazón. Y Sofía le contaba cosas de la abuela, de sus manos que curaban, del ritual del lavado de pies que había visto hacer cientos de veces.

 

 

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