“Lavaré Tu Pie Y Caminarás…” El Padre Pensó Que Era Una Broma Pero Se Paralizó Cuando Vio…

Era una tarde de septiembre, como tantas otras en las afueras de Sevilla, cuando Alejandro Romero, uno de los empresarios más ricos del sur de España, vio algo que lo dejó sin aliento. Estaba volviendo a casa después de una reunión de negocios, la mente todavía en los números y los contratos, cuando vio a su hijo Mateo, 8 años y condenado a una silla de ruedas desde su nacimiento, parado en la acera cerca de casa, pero no estaba solo.

A su lado había una niña que Alejandro nunca había visto, una chiquilla de unos 10 años con la ropa sucia y rota, el pelo alborotado, las rodillas despellejadas. Esa niña estaba haciendo algo increíble. Había cogido un barreño de metal, lo había llenado de agua de una fuente pública y estaba lavando los pies de Mateo con una delicadeza que parecía casi sagrada.

Alejandro se detuvo escondido detrás de un coche y oyó a la niña decirle a su hijo unas palabras que le pusieron los pelos de punta. Le dijo que le lavaría los pies y que después él caminaría. Alejandro pensó que era una broma cruel, un juego estúpido de una niña de la calle, pero lo que ocurrió después lo obligó a taparse la boca con la mano para no gritar, porque lo que vio iba más allá de cualquier explicación racional.

Si estás preparado para esta historia, escribe en los comentarios desde dónde estás viendo este vídeo. Mateo Romero había nacido en una noche de tormenta 8 años antes, cuando su madre Elena tuvo complicaciones durante el parto. Los médicos hicieron todo lo posible, pero algo salió mal y el niño vino al mundo con una lesión en la médula espinal que le quitó el uso de las piernas antes de que pudiera dar su primer paso. para Alejandro.

Aquella noche fue el comienzo de una pesadilla que nunca terminaba. Él, que estaba acostumbrado a controlarlo todo, a resolver cualquier problema con dinero y poder, se encontró frente a algo contra lo que no podía luchar. Había consultado a los mejores especialistas de España y de Europa.

Había gastado fortunas en terapias experimentales. Había llevado a Mateo a clínicas en Suiza, Alemania, incluso en Estados Unidos. Pero la respuesta era siempre la misma. El daño era irreversible. Mateo nunca caminaría. Elena no soportó el dolor. 3 años después del nacimiento de Mateo, había dejado a Alejandro con una carta en la que decía que ya no podía mirar a su hijo sin sentirse morir por dentro, que necesitaba empezar de nuevo en otro lugar, que esperaba que algún día él y Mateo la perdonaran.

Alejandro nunca la perdonó, pero escondió su rabia detrás de un muro de hielo que desde entonces lo separaba del resto del mundo. Desde aquel día, Alejandro se dedicó en cuerpo y alma a dos cosas, su imperio económico y su hijo. Pero si en los negocios era un genio, como padre era un desastre. No sabía cómo hablar con Mateo.

No sabía cómo consolarlo cuando lloraba por las noches. No sabía cómo responder a sus preguntas sobre por qué él era diferente de los otros niños. Le compraba todo lo que quería, eso sí, juguetes caros, videojuegos de última generación, una habitación que parecía un parque de atracciones, pero los regalos no podían sustituir al cariño.

Y Mateo crecía cada vez más encerrado en sí mismo, cada vez más triste, cada vez más solo. La casa de los romeros se alzaba en una zona residencial exclusiva en las afueras de Sevilla, rodeada de muros altos y cámaras de seguridad, separada del resto del mundo como una fortaleza. Pero justo al otro lado de esos muros, a pocos cientos de metros, había otro mundo.

 

 

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