Bajó las escaleras en estado de sopor y encontró a doña Josefina en la cocina preparando un caldo ligero. Se detuvo a su lado sin saber exactamente qué decir. La ama de llaves lo conocía demasiado bien para no percibir que algo estaba mal. Continuó moviendo la olla en silencio, esperando que él encontrara las palabras.
Santiago apoyó las manos en la barra de mármol y soltó un suspiro largo. Me equivoqué, doña Josefina. No era una pregunta, pero la mujer respondió de todas formas. Se equivocó. Sí, señor. ¿Usted lo sabía? Sé muchas cosas que pasan en esta casa, don Santiago. Trabajo aquí desde que usted usaba pantalones cortos. Ella finalmente dejó de mover el caldo y lo enfrentó.
Esa muchacha era lo mejor que le había pasado a Sofía y a usted también, solo que usted era demasiado orgulloso para admitirlo. No es orgullo, es que Mónica dijo la señora Mónica, doña Josefina interrumpió pronunciando el nombre con un desden casi imperceptible. Dice muchas cosas, pero las palabras son fáciles. Lo difícil es mirar los actos.
Laura se quedó 25 días sin descanso cuando Sofía tuvo varicela. Durmió en el piso de su cuarto, le dio baños de avena cada 3 horas cantó hasta perder la voz. La señora Mónica apareció una vez en ese periodo, se quedó 20 minutos y se fue quejando de que no podía contagiarse porque tenía un evento importante.
Santiago no sabía ese detalle. Estaba viajando durante la varicela de Sofía, cerrando un negocio en Monterrey, confiando en que su hija estaba en buenas manos. Y lo estaba. Estaba en las mejores manos posibles, manos que él despidió sin explicación, sin gratitud, sin siquiera un gracias por todo. ¿Cómo arregló esto? Preguntó más para sí mismo que para doña Josefina.
El ama de llaves volvió a mover el caldo, ocultando una sonrisa discreta. Usted es un hombre inteligente, construyó un imperio de la nada. Estoy segura de que puede descubrir cómo disculparse con una muchacha de 29 años que solo quería hacer bien su trabajo. Santiago asintió lentamente, el plan comenzando a formarse en su mente.
Necesitaba encontrar a Laura. Necesitaba mirarla a los ojos y pedirle perdón. Necesitaba entender qué era realmente lo que sentía por ella, porque la verdad era que no podía dejar de pensar en ese rostro desde el día que la despidió, pero primero necesitaba cuidar de su hija. Subió nuevamente las escaleras con medicina y un vaso de agua y encontró a Sofía ya dormida, la almohada de Laura todavía apretada contra su pecho.
Él administró la medicación con cuidado, acomodó los cabellos rubios esparcidos por la almohada e hizo una promesa silenciosa. Iba a traer a Laura de vuelta. No sabía cómo reaccionaría ella, no sabía si aceptaría, pero lo intentaría. Porque algunas personas sondemasiado importantes para dejarlas ir así, sin luchar, sin explicación, sin al menos una disculpa genuina.
Y mientras la noche caía sobre San Miguel pintando el cielo de púrpura y naranja sobre las montañas, Santiago Mendoza finalmente admitió para sí mismo algo que había estado negando durante meses. Laura no era solo una empleada competente, no era solo la niñera perfecta para su hija, era la mujer que sin querer, sin planear, había encontrado un camino hasta partes de él que pensaba habían muerto junto con Elena.
Y ahora, por culpa de su propia cobardía y las palabras venenosas de Mónica, corría el riesgo de perderla para siempre. El cuartito en la parte trasera de la casa de doña Mercedes tenía una ventana pequeña que daba a un árbol de aguacate. Laura despertaba todos los días con el canto de los censonties que hacían nido entre las ramas y por algunos segundos, antes de abrir los ojos completamente, olvidaba dónde estaba.
Olvidaba que ya no despertaría con Sofía saltando en su cama pidiendo hotcakes con miel. Olvidaba que ya no bajaría las escaleras de la hacienda sintiendo el olor del café de don Ramón. Olvidaba que había sido descartada como un objeto que perdió su utilidad. Entonces, la realidad volvía pesada como plomo y ella se obligaba a levantarse aunque no tuviera ganas.
Una semana había pasado desde el despido. Siete días que parecían 7 meses arrastrados, interminables, llenos de una rutina vacía que inventaba solo para no enloquecer: despertar a las 6, bañarse, preparar café en la taza descarapelada que doña Mercedes le prestó, barrer el patio a cambio del alquiler reducido, almorzar cualquier cosa, pasar la tarde enviando currículums por internet desde el celular.
Cenar poco, dormir mal, repetir. Doña Mercedes era una viuda de 74 años que alquilaba el cuartito de atrás para complementar su pensión. No hacía preguntas, no daba consejos no solicitados y preparaba un pan dulce todos los miércoles que dejaba en la puerta de Laura sin decir palabra. Esa gentileza silenciosa era todo lo que la joven podía soportar en ese momento, cualquier cosa más, cualquier demostración mayor de afecto o preocupación y se derrumbaría por completo.
En la mañana del octavo día, Laura estaba tendiendo ropa en el tendedero cuando su celular sonó. Número desconocido, prefijo de San Miguel. El corazón se disparó antes de que contestara, porque en el fondo sabía, sentía con una certeza inexplicable que esa llamada cambiaría algo. Hola, Laura. La voz de doña Josefina sonó del otro lado, familiar y reconfortante como un abrazo a distancia.
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