Sonreí, intentando ser fuerte:
— No es nada, mamá. Solo estoy cansado.
Pero por dentro… me estaba desmoronando.
Los años pasaron.
Desde la primaria hasta la secundaria, la historia fue siempre la misma.
Nadie quería sentarse a mi lado.
En los trabajos en grupo, siempre era el último elegido.
En las excursiones, me ignoraban.
“Hijo de la recicladora”… parecía ser mi nombre oficial.
No me quejaba.
No respondía.
No peleaba.
Solo me hice una promesa: voy a estudiar con todas mis fuerzas.
Mientras ellos jugaban videojuegos, yo ahorraba monedas para sacar fotocopias de las guías.
Mientras ellos compraban teléfonos nuevos, yo caminaba a casa para ahorrar el pasaje.
Y todas las noches, mientras mi madre dormía abrazada a su saco lleno de botellas, yo susurraba:
“Un día, mamá… saldremos de esta vida.”
Llegó entonces el día de la graduación.
Cuando entré al gimnasio, escuché susurros y risitas:
“Miren, ahí está Miguel, el hijo de la recicladora.”
“Apuesto a que ni siquiera tiene ropa nueva.”
“Es demasiado pobre para estar aquí.”
Pero eso ya no me hería.
Porque después de doce años, yo estaba allí…
como el mejor estudiante de la clase.
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