Siempre se burlaron de mí por ser el hijo de una recicladora de basura.
Pero en mi graduación, una sola frase mía…
bastó para que todos guardaran silencio — y lloraran.
Mi nombre es Miguel.
Hijo de una mujer que sobrevive recogiendo materiales reciclables para alimentar a su hijo.
Desde pequeño, yo sabía lo dura que era nuestra vida.
Mientras otros niños tenían juguetes nuevos y comían meriendas caras, yo esperaba lo que sobraba en los puestos del mercado.
Todos los días, mi madre se despertaba antes del amanecer.
Con un enorme saco en el hombro, caminaba hasta el basurero del mercado para encontrar algo que pudiera garantizar nuestra supervivencia.
El calor. El olor fuerte. Los cortes de vidrio, las espinas de pescado, el cartón mojado.
Todo eso formaba parte de su rutina diaria.
Y aun así… yo nunca sentí vergüenza de mi madre.
Tenía solo seis años cuando escuché los primeros insultos en la escuela.
“¡Apestas!”
“Vienes de la basura, ¿verdad?”
“¡Hijo de la recicladora! Jajaja.”
Con cada risa, sentía que mi pecho se hundía un poco más.
En casa, lloraba en silencio.
Una noche, mi madre preguntó:
— Hijo… ¿por qué estás tan triste?
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