A veces creemos sabernos la vida al dedillo. Una rutina impecable, un marido que cumple todos los requisitos, dos niñas que se ríen a carcajadas y esa sensación reconfortante de que «todo está bien». Clara, de 36 años, pensaba exactamente eso. Una vida sencilla en un pequeño pueblo francés, un barrio tranquilo, domingos en el mercado, noches de cine con las gemelas… En resumen, una postal.
Y luego falleció su abuela Elisabeth .
No fue una conmoción repentina, sino más bien una profunda tristeza, de esas que se instalan en el cuerpo y transforman cada habitación en un recuerdo. La casa de su abuela, en una colina rodeada de hortensias, fue su refugio de infancia: las galletas de lavanda, las tazas desiguales, el aroma del té... un lugar que hablaba de amor sin hacer ruido.
Excepto que Julien , su marido, solo tenía una idea en mente: vender. Rápido.
Cuando una frase lo cambia todo
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