Cuando fallece un ser querido, todo se siente abrumador. La atmósfera cambia, el silencio invade el aire y, muy pronto, surge una necesidad irresistible de ordenar. Ordenar, vaciar, regalar cosas... como si poner orden en el entorno pudiera calmar la agitación interior. Sin embargo, durante estos momentos delicados, algunas acciones irreversibles pueden dejar arrepentimientos duraderos.
Porque con el tiempo, no son los objetos más preciados los que más se extrañan, sino a menudo los más sencillos, aquellos a los que no habíamos prestado atención. Aquí hay cuatro recuerdos que es mejor conservar, aunque hoy parezcan engorrosos o dolorosos.
Las palabras escritas a mano, estos fragmentos del alma.

Tarjetas de cumpleaños, notitas garabateadas en la esquina de una mesa, cartas guardadas en un sobre amarillento… Estos trozos de papel parecen inofensivos, y sin embargo, contienen mucho más que simples frases: la caligrafía, la elección de palabras, a veces incluso una palabra tachada, revelan una forma de ser única.
Releerlos al principio puede ser desgarrador. Pero con el tiempo, estas palabras se convierten en una fuente inesperada de consuelo. Evocan una voz interior, un toque de cariño, una ternura. Una simple caja es suficiente: no hay necesidad de releerlos de inmediato, lo importante es conservarlos.
Grabaciones de voz: una presencia que trasciende el tiempo
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